La vid verdadera

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Toda rama que en mí no da fruto, la corta; pero toda rama que da fruto la poda para que dé más fruto todavía… Yo soy la vid y vosotros las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto Juan 15.1-5

La vid en el Antiguo Testamento era uno de los símbolos comunes para Israel, como pueblo de Dios (Sl 80.9-16; Is 5.1-7; Ez 15.1-8 por ejemplo). Sin embargo, en contraste con Israel, Cristo se nos presenta como la verdadera vid en la que sus discípulos son considerados como las ramas que producen los frutos esperados. Es interesante ver que a esta figura de la vid y los discípulos (Juan) la podemos comparar con la figura del "cuerpo de Cristo" y de los creyentes que están "en Cristo" (Pablo). Ambas nos llevan por el mismo camino de que estamos radicados en la persona y en la obra redentora de Jesucristo.

Significativo, también, es notar que el texto tras presentar a Cristo como la vid verdadera, de inmediato hace referencia al Padre como el labrador que corta la rama improductiva y poda la otra para que sea todavía más productiva. El vínculo, por tanto, entre Cristo y el Padre se ve aquí de forma muy intensa y dirigida hacia la vida de los discípulos (iglesia). La obra de Dios aquí se presenta de forma muy decisiva: él se une a nosotros y permanecemos en él. De esa unión y de forma inevitable surgen los frutos en nuestras vidas.

El tema de los frutos es central en la figura de Cristo como la verdadera vid y el Padre como el labrador. Los frutos que damos certifican nuestra unión con Dios. Pero ¿a qué frutos se refiere el texto? Los frutos no están claramente definidos o nombrados aquí, pero al leer el Nuevo Testamento nos damos cuenta de que por nuestros frutos seremos conocidos como discípulos de Cristo o no (Mt 7.15-20). Así que el carácter cristiano forma el trasfondo del concepto de los frutos que debemos producir: "ahora que habéis sido liberados del pecado y os habéis puesto al servicio de Dios, cosecháis la santidad que conduce a la vida eterna" (Rm 6.22). Además, también nos recuerda Pablo que "el fruto del Espírito es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio" (Gl 5.22-23). ¡Permanezcamos firmes en Cristo!