El tercer mandamiento

No pronuncies el nombre del Señor tu Dios a la ligera. Yo, el Señor, no tendré por inocente a quien se atreva a pronunciar mi nombre a la ligera Ex 20.7; Dt 5.11

El tercer mandamiento es muy claro cuanto a la forma respetuosa y reverente a la que debemos tomar el nombre de Dios y relacionarnos con él. Este mandamiento, a primera vista, puede ser considerado solo como una exigencia formal cuanto a la manera en que pronunciamos verbalmente el nombre de Dios; sin embargo, al requerir de nosotros “el uso santo y reverente de los nombres, títulos, atributos, ordenanzas, palabra y obras de Dios” (Catecismo Menor Westminster, 54), el tercer mandamiento se convierte en mucho más que una formalidad verbal al pronunciar el nombre “Dios”. Se trata de expresar verbalmente el respeto y la reverencia que llevamos dentro por reconocer a Dios como nuestro Señor y Guía, y la profunda gratitud por su obra en nuestra vida.

En la Biblia encontramos variados textos que nos enseñan lo mismo que este mandamiento. Por ejemplo en el Salmo 29.2: “tributad al Señor la gloria que merece su nombre; postraos ante el Señor en su santuario majestuoso”, o en Apocalipsis 15.3: “y cantaban el himno de Moisés, siervo de Dios, y el himno del Cordero: grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso. Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de las naciones”. Lo que vemos es que el tercer mandamiento establece las bases para una adoración verdadera y profunda al reconocer conscientemente que toda la gloria es debida solo a Dios (sol ideo gloria).

Pero además de eso, el mandamiento también prohíbe todas las formas de profanación y de abuso de cualquier cosa por la cual Dios se da a conocer. Eso significa que habrá consecuencias sobre los que pronuncian y toman a la ligera el nombre de Dios, sin considerar atentamente en su grandeza y en su gloria. La verdad es que actitudes como esa manifiestan la incredulidad, el alejamiento y el pecado que dominan nuestro ser. El profeta Malaquías nos dice que Dios está atento a nuestro interior y sus manifestaciones: “si no me hacéis caso ni os decidís a honrar mi nombre – dice el Señor Todopoderoso – os enviaré una maldición, y maldeciré vuestras bendiciones. Ya las he maldecido, porque vosotros no os habéis decidido honrarme”.

Tenemos, por tanto, la oportunidad de evaluar nuestro corazón y la forma como lo expresamos, confesarnos ante Dios y volver nuestra vida al compromiso de rendirle, y solamente a él, toda la gloria y el honor.