El séptimo mandamiento

No cometas adulterio Dt 5.18; Ex 20.14

A lo largo de la historia a muchos cristianos se les ha enseñado este mandamiento en forma de distintos tabús, como por ejemplo que las relaciones sexuales tienen únicamente un fin reproductivo, o que la sexualidad humana es mala en sí misma, habiendo sido la causa primera del pecado en el Edén. Por otro lado, siempre hubo en la historia conceptos y prácticas abusivas y distorsionadas en cuanto al sexo.

El séptimo mandamiento, tal como lo tenemos escrito en la Biblia, no apoya ni los tabús religiosos ni el libertinaje de los que no temen a Dios. Más bien, establece y requiere de todos que nos relacionemos entre nosotros, y con nosotros mismos, sin negar la sexualidad, pero apartándonos de la inmoralidad sexual y preservándola de una manera santa y honrosa, sin que perjudiquemos o nos aprovechemos de los demás en cuanto a este asunto (1Ts 4.3-8). En ese sentido, al preservar uno esa castidad, la nuestra y la del prójimo, lo hacemos en corazón, palabra y conducta, siguiendo la voluntad de Dios para nuestra santificación.

Jesús recuperó el verdadero sentido de este mandamiento, y de otros, en su sermón de la montaña (Mt 5-7) enseñándonos precisamente que el “no cometas adulterio”, además de conducta tiene también la dimensión del corazón (Mt 5.27-28): el mirar con codicia ya se puede considerar como la consumación del adulterio, puesto que establece en nuestro corazón y mente una actitud de infidelidad e impureza antes que de santidad y pureza.

Vivimos días en que la impureza e infidelidad sexual se pueden cometer de distintas maneras, incluso por medio de instrumentos virtuales. Son días en que los parámetros de la santidad han perdido su valor para muchos, en que de los tabús han pasado rápidamente para la permisividad moral, sin conocer la voluntad de Dios y sin disfrutar de la sexualidad dentro del matrimonio de forma sana y santa. En estos tiempos vivir uno la sexualidad dentro del matrimonio es una forma de expresar, por medio de su relación con la familia y con las demás personas, su plena confianza y su compromiso con Dios. Sigamos, por tanto, los caminos de Dios para nuestra sexualidad.