El segundo mandamiento

No hagas ningún ídolo ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay debajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso. Cuando los padres son malvados y me odian, yo castigo a sus hijos hasta la tercera y cuarta generación. Por el contrario, cuando me aman y cumplen mis mandamientos, les muestro mi amor por mil generaciones Ex 20.4-6; Dt 5.8-10

En el segundo mandamiento seguimos tratando de la relación entre nosotros y Dios, como fundamento para nuestra relación con todos los demás en cualquier situación que vivamos. En este mandamiento, teniendo ya establecido que solo Dios es nuestro Dios (1º mandamiento), se establece los parámetros para que podemos ofrecerle un culto que sea puro y verdadero. Aunque en primera instancia de trate de ofrecerle a Dios un culto público en forma de un servicio religioso, este mandamiento asume dimensiones más amplias llegando a referirse también al ofrecimiento de nuestras vidas personales como culto a Dios.

No adoramos a Dios solamente en ceremonias religiosas oficiales, sino que también le adoramos y le servimos con toda nuestra vida y en todo momento. Eso es lo que nos enseña Jesús cuando dijo que “se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn 4.23-24). La verdadera adoración a Dios, por tanto, se basa en quien Dios es: siendo Dios espíritu, le debemos adorar en espíritu. En ese sentido, el segundo mandamiento nos prohíbe que rindamos culto a Dios por medio de imágenes, puesto que el fundamento para nuestra relación con Dios no es lo que vemos, sino más bien, lo que creemos en conformidad con su palabra (la Biblia).

De acuerdo con el mandamiento, hay consecuencias por las formas en que adoramos a Dios. Si le adoramos de forma indigna por quien es Dios, él extenderá nuestra iniquidad por tres o cuatro generaciones. Pero si le adoramos de forma digna por quien es Dios, el manifestará su amor por mil generaciones. Su amor y misericordia es lo que, de hecho, Dios quiere darnos de forma perpetua, puesto que nos ama y nos ha enviado y dado a su hijo Jesucristo a nuestro favor. Así siendo, confesemos y abandonemos a los ídolos que llevamos dentro y que definen los términos de nuestro culto a Dios, aunque no sean representados por imágenes religiosas, y sirvamos a Dios en espíritu y en verdad.