El quinto mandamiento

Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor tu Dios te lo ha ordenado, para que disfrutes de una larga vida y te vaya bien en la tierra que te da el Señor tu Dios Dt 5.16; Ex 20.12

Con el quinto mandamiento empezamos a estudiar la segunda parte de los Diez Mandamientos que tratan de nuestra relación con las demás personas y con la vida en sociedad, teniendo por base la relación que mantenemos con la persona de Dios (los primeros cuatro mandamientos). En ese sentido, es muy importante observar que la primera esfera de nuestra vida social donde se deben manifestar la acción, el amor y la ley de Dios es, sin ninguna duda, la familia.

En el mandamiento la familia se representa por su núcleo básico: el padre y la madre. Entender, así, que los padres representan todo el conjunto de la familia nos ayuda a ver que, además del respecto y honor que les debemos prestar siempre a nuestros padres, la familia se presenta como la plataforma básica del mandamiento. El respecto en la familia debe ser visto como el elemento que le da sentido a la mutualidad entre todos los miembros de la familia. Eso lo podemos ver mejor descripto en Ef 6.1-4 donde este mandamiento se trae a la luz con el objetivo de ensenarnos que los hijos creyentes deben obedecer a sus padres como manifestación de Cristo en sus vidas (6.1-3), mientras que los padres creyentes no pueden enojar a sus hijos, sino que criarlos en la disciplina y instrucción cristianas (6.4). Ambos se relacionan de forma respetuosa y cristiana, porque ambos están bajo la gracia de Cristo.

Sin embargo, el quinto mandamiento no termina en la familia, sino más bien, exige de nosotros que rindamos el debido honor a todas las personas, como nos enseñó Pablo: “el amor debe ser sincero. Aborreced el mal; aferraos al bien. Amos los unos a los otros con amor fraternal, respetándoos y honrándoos mutuamente” (Rm 12.9-10). El mandamiento de Dios nos lleva a reconocer que los demás son igualmente dignos de la gracia y de la obra de Dios, puesto que todos hemos sido creados por Dios a su imagen y semejanza. Como nos enseña el Pacto de Lausana: “la humanidad fue hecha a la imagen de Dios; consecuentemente, toda persona, sea cual sea su raza, religión, color, cultura, clase, sexo, o edad tiene una dignidad intrínseca, en razón de la cual debe ser respetada y servida, no explotada” (PL, 5).

¡Que Dios nos bendiga en el cumplimiento de su voluntad!