El primer mandamiento

No tengas otros dioses además de mí Ex 20.3; Dt 5.7

El primer de los Diez Mandamientos establece la base para que podamos comprender y cumplir con todos los demás. Tiene el objetivo, también, de lanzar el fundamento para nuestra relación personal con Dios, puesto que el primer mandamiento “nos pide que conozcamos y reconozcamos a Dios como nuestro único y verdadero Dios, y que como tal le adoremos y glorifiquemos” (Catecismo Menor de Westminster, 46). Conocer y reconocer a Dios como único y central en nuestra vida es fruto de la propia gracia de Dios actuando a diario en nuestras mentes y corazones generando una constante actitud de confianza y de entrega.

La “unicidad de Dios”, o sea, Dios es el único Dios, se establece como uno de los elementos de la vida cristiana y asume significados muy importantes para nosotros. El tener otros dioses o distintas divinidades (en sentido religioso), bien como intentar dividir la divinidad de Dios entre personas y situaciones (en sentido personal, familiar y profesional, entre otros) son actitudes consideradas por Dios como pecado, puesto que demuestra que nuestra vida no está entregada definitivamente a Dios (aunque frecuentemente lo esté de manera formal e institucional), lo que representa una afronta a su persona y naturaleza como el único Dios.

Así siendo, el primer mandamiento nos ayuda a entender que nuestra relación con Dios es claramente única. En esta relación no le podemos negar en ningún sentido; antes, debemos adorarle y glorificarle como nuestro Dios, consagrándole todo nuestro ser. “Hoy el Señor tu Dios te manda obedecer estos preceptos y normas. Pon todo lo que está de tu parte para practicarlos con entusiasmo. Hoy has declarado que el Señor es tu Dios y que andarás en sus caminos, que prestarás oído a su voz y que cumplirás sus preceptos, mandamientos y normas” (Dt 26.16-17).