El octavo mandamiento

No robes Dt 5.19; Ex 20.15

El robo y el hurto se han convertido en uno de los grandes problemas criminales de la actualidad, incluso porque siempre vienen acompañados de otros crímenes como la agresión psicológica y física en todos sus niveles. Pero el octavo mandamiento no nos prohíbe solo el robo y el hurto en sus formas más clásicas, sino que nos hace pensar en que los pequeños desfalques que hacemos, y que ya se han convertido en algo como un estilo de vida para muchos, también están prohibidos por la ley de Dios.

Este mandamiento, en verdad, tiene dos vías. La primera que se resume por no causar daños a los demás por su prohibición de robar y hurtar, y la segunda que tiene que ver con requiere de nosotros que procuremos y promovamos por todo medio legítimo nuestra prosperidad y bienestar propios y los de los demás. Eso significa que somos llamados por Dios para prosperar de forma legítima y sin dañar a nadie por toda forma de actitudes deshonestas.

Eso significa que la voluntad de Dios es que vivamos honestamente por medio de un trabajo legítimo, principalmente ante Dios, aunque no lleguemos a ser tan ricos como deseamos. Debemos, por tanto, estar felices con lo que tenemos para vivir, reconociendo que lo que tenemos lo hemos recibido de Dios. De esa forma, evitamos la ansiedad corrosiva por las riquezas que nos aleja de la voluntad, del llamado y de la vida con Dios. El apóstol es muy sabio en la forma como nos explica el octavo mandamiento: “así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviados de la fe y se han causado muchísimos sinsabores” (1Tm 6.8-10).

El apóstol va más allá diciendo que, en realidad, no trabajamos solo para nosotros; más bien, trabajamos para servir a Dios compartiendo con los que de verdad necesitan: “el que robaba, que no robe más, sino que trabaje honradamente con las manos para tener qué compartir con los necesitados” (Ef 4.28). Desde ese prisma, solo podemos ver el trabajo honrado como una respuesta vocacional y ministerial que, de forma concreta, le damos a Dios serviendo a los demás. ¡Vivamos a diario los principios del octavo mandamiento!