El cuarto mandamiento

Acuérdate del sábado, para consagrarlo. Trabaja seis días y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni tampoco los extranjeros que viven en tus ciudades. Acuérdate de que en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y que descansó el séptimo día. Por eso el Señor bendijo y consagró el día de reposo Ex 20.8-11; Dt 5.12-15

Este cuarto mandamiento exige que guardemos y consideremos santo todos los tiempos especificados por Dios en su palabra. En especial un día en cada siete debe ser guardado para el servicio al Señor. Ese día fue considerado el séptimo de la semana, desde la creación hasta la resurrección de Cristo. Desde entonces separamos, como día de reposo y servicio al Señor, al primer día de la semana, día en que Jesucristo resucitó venciendo la muerte por nuestra redención eterna.

Se trata de un día santificado porque en ese día debemos prepararnos en oración y meditación para nuestra participación efectiva junto a otros hermanos en el culto a Dios. De igual forma, se trata de un día santificado por evitar todo el cumplimiento descuidado, pecaminoso, negligente y sin provecho de nuestras actividades, al igual que evitar que sea un día ocioso y sin provecho en todo lo que hacemos. Eso le da un sentido especial y santo a nuestras actividades en ese día, sean religiosas, familiares, personales o profesionales.

En ese sentido, la recomendación de que nos acordemos del sábado, mencionada dos veces en el mandamiento, nos ayuda a prepararnos previamente para ese día, efectivamente nos lleva a considerar a todos los demás días de la semana como preparatorios para el día del Señor. De esa manera, todo nuestro tiempo y quehaceres en todos los días de la semana se espejan en este mandamiento y se ven direccionados hacia el día del Señor, llevándonos a vivir todo nuestro tiempo de vida de forma santa y consagrada a Dios; o sea, una vida completa de santidad y consagración es lo que nos exige el cuarto mandamiento.