La fuerza de la humildad

Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia Mateo 5.5

En la sociedad actual la humildad no está muy bien vista; a los humildes siempre los vemos como tontos que no tienen ambición y que no luchan por sus derechos. Vivimos días en que la búsqueda por el poder (económico, profesional, político, en las relaciones sociales y familiares) descarta la posibilidad de que nos ablandemos poniéndonos humildes antes los demás.

Sin embargo, el Nuevo Testamento le da a la humildad un sentido distinto; no se trata de debilidad, como muchos lo piensan, sino que una genuina dependencia de Dios en todos los sentidos de la vida, que nos concede la fuerza y las habilidades necesarias para vivir dentro de su voluntad. La humildad, por tanto, se puede definir como siendo una de las calidades más importantes de la fuerza. En ese sentido, los cristianos no somos personas débiles que necesitamos creer en Dios como una forma de apoyarnos en algo; más bien, al reconocer nuestra falencia y pecado ante Dios (5.3) y al lamentar arrepentida y profundamente nuestro pecado (5.4), encontramos fuerza suficiente en Dios para seguir con nuestras vidas de manera sumisa a su palabra y voluntad, sin tener que luchar contra los demás, ansiosamente, por acumular bienes y poder (Salmo 37.1-11).

Los humildes heredarán de Dios la tierra y eso va mucho más allá de las cuestiones económicas y materiales; se trata, sobre todo, de una herencia espiritual y eterna. Los humildes, por tanto, al reconocer su pecado y confesar a Dios su vida en arrepentimiento sincero, recibiendo a Cristo solamente en su ser, heredarán la vida eterna. Busquemos, por tanto, en la humildad la verdadera fuerza que recibimos de Dios.