La falencia humana

Dichosos los pobres de espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece Mateo 5.3

Aunque “pobres” reciba un sentido material cuando leemos las bienaventuranzas en el evangelio de Lucas (6.20), aquí en Mateo mantiene su sentido espiritual más básico, vinculado con el concepto de piedad y dependencia de Dios, de alguien que pone su confianza solamente en la persona y en la obra de Dios.

En ese sentido, los “pobres de espíritu” son los que reconocen que sus vidas ya no dependen de sus propias fuerzas y meritos personales, sino solo de Dios. Reconocer este hecho es el resultado de un profundo arrepentimiento y fe que nos lleva a vernos, tal como somos, ante Dios. Mirándonos desde la óptica de Dios nos damos cuenta, con bastante precisión, de cuan real y profunda es nuestra falencia humana y consecuente necesidad de Dios. Esta falencia tiene su origen en que nuestras vidas están absolutamente alejadas de Dios y, en todos los sentidos, estructuradas sin tener en cuenta la presencia, los principios y la palabra de Dios (a esto se llama “pecado”).

La pobreza de espíritu, como reconocimiento del pecado humano que nos mantiene presos en la dinámica del alejamiento de Dios (ahí está nuestra falencia humana), se convierte en una bienaventuranza porque nos da la conciencia de que, de hecho, estamos distanciados de Dios. Es una bienaventuranza en el sentido de ser el primer y más fundamental paso hacia el rompimiento de este estado de falencia y hacia a Dios. Es dichoso el pobre de espíritu porque tras reconocer su condición de pecador puede ahora acercarse a Dios por su gracia, recibiendo de sus manos el reino de los cielos y pasando ahora a pertenecer a su pueblo.

El primer paso para acercarnos a Dios es reconocer sinceramente nuestro verdadero estado como pecadores ante Dios. ¡Y por eso nos considera Dios bienaventurados!