El pueblo de la paz

Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios Mateo 5.9

El concepto de paz en nuestros días tiene que ver con la libertad que se origina con el fin de un conflicto o del desorden cívico; también hablamos de paz en términos de tranquilidad y de calma mental o, de forma muy popular, que los demás nos dejen solos con nuestros problemas y nuestra forma de vivir (“¡dejadme en paz!”). Sin embargo, en el Antiguo Testamento tenemos un concepto más positivo de paz. No se trataba simplemente de la ausencia de conflictos, sino más bien de una experiencia positiva de bienestar, seguridad y prosperidad. En el Nuevo Testamento, se añade a eso el concepto de reconciliación con Dios, con uno mismo y con los demás.

Por lo tanto, trabajar por la paz es una actitud permanente de buscar la reconciliación entre el ser humano y Dios, así como sus inevitables consecuencias personales, familiares y sociales. Pero la base para ese trabajo es que los que buscan y promocionan esa categoría de paz, necesariamente son personas que han sido encontradas por Dios y por su profunda paz. No hay como trabajar por la paz si no vivimos en paz con Dios y si esa vida reconciliada con Dios no nos afecta por completo.

Pero el bienaventurado no se define solo por una vida reconciliada con Dios. Se define, además, por una vida que consagrada a trabajar para que otros puedan, al igual que él, ser alcanzados por esa misma paz. Por eso serán llamados “hijos de Dios”, porque solo los que “lo recibieron y que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Estos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios” (Juan 1.12-13). ¡Crezcamos como pueblo de la paz!