Arrepentimiento

Dichosos los que lloran, porque serán consolados Mateo 5.4

Tenemos la tendencia de pensar que los que “lloran” son todos los que sufren alguna molestia, son injustamente perseguidos o los que sienten dolor físico o emocional. Sin embargo, esta bienaventuranza sigue el sentido de la anterior, que los “pobres de espíritu” que reconocen que sus vidas ya no dependen de sí mismos, sino solo de Dios.

Así siendo, una vez reconociendo su propia falencia humana ante Dios, el “lloro” de los bienaventurados es una forma de expresar que lamentan profundamente sus propios pecados y faltas que cometen contra Dios. El llanto de los creyentes expresa ante Dios su consciencia personal de pecado y su arrepentimiento. No se trata de un sentimiento que nace espontáneamente en el corazón del ser humano; sino más bien, por la gracia de Dios que nos llevó a reconocer la falencia de nuestra vida, él nos da una profunda tristeza y arrepentimiento por la forma alejada de su presencia en la que vivíamos.

Solo cuando “lloramos” y lamentamos profunda y verdaderamente, arrepentidos del pecado que nos alejaba personal y sistémicamente de Dios, es que seremos consolados. El consuelo de Dios empieza cuando recibimos de sus manos el perdón de los pecados como paso inicial para la transformación de nuestra vida, dejando hacia atrás la distancia entre nosotros y Dios, y caminando paso a paso para una vida comprometida y entregada a él. Dios nos consuela cuando nos arrepentimos y confesamos (1 Juan 1.9), porque su perdón tiene acción completa y restauradora sobre nuestra vida.