Conocer la voluntad de Dios-renuncias

Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta las misericordias de Dios, os ruego que cada uno de vosotros, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No os amoldéis al mundo actual, sino sed transformados mediante la renovación de vuestra mente. Así podréis comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta Romanos 12.1-2

En el mensaje anterior comentamos que al reconocer las misericordias de Dios en nuestra vida nos preparamos personalmente para vivir y comprobar su voluntad. En continuación, añadimos la renuncia a la vida como otro elemento que nos prepara para vivir la voluntad de Dios.

Renunciar a nuestra propia vida

“Os ruego que cada uno de vosotros, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios y no os amoldéis al mundo actual”. Para conocer la voluntad de Dios hay que reconocer muy bien quiénes somos y cuál es nuestro estado de pecado. Es fundamental, para tanto, renunciar a diario a nuestra propia inclinación personal y natural hacia el pecado y no vivir según los criterios que caracterizan y determinan nuestra época. “No nos amoldar” es no conformar la vida al pecado y a los procedimientos considerados normales por una sociedad corrupta. Se trata, literalmente, de luchar contra la naturaleza pecaminosa que llevamos adentro y no quedarnos pasivos ante la maldad que hay en nuestra propia vida.

“Ofrecer nuestro cuerpo como sacrificio a Dios” nos recuerda a los sacrificios de animales que habían en el Antiguo Testamento que apuntaban al perdón dado por Dios a los creyentes. Aquí Pablo usa esa expresión para referirse a una entrega total de nuestro ser a Dios. Es ofrecerle la totalidad de la vida incluso su materialidad y corporalidad (presentar nuestros cuerpos). En ese sentido, reconocemos que tenemos un cuerpo, somos un cuerpo, somos una persona visible, identificable y definible. Eso, evidentemente, implica la vida en sociedad, familia y las demás relaciones humanas. Lo que Pablo nos lleva a hacer es ofrecerle a Dios nuestra vida común de todos los días (del trabajo, del hogar, del estudio, de la fe, de las relaciones sociales).

Así, no hace ningún sentido ofrecerle a Dios nuestro culto dominical sin ofrecerle a diario todo nuestro ser como un verdadero culto; no hace sentido ofrecerle un culto sagrado y espiritual sin ofrecerle también un culto secular, profesional y familiar; no hace sentido ofrecerle un culto emotivo sin ofrecerle igualmente un culto inteligente y racional. Culto é renuncia: entramos al culto llenos de nosotros mismos, renunciamos nuestra propia vida y salimos vacíos de nosotros. Solo de esa manera, estaremos llenos de Dios, de su palabra y de su Espirito.

La sociedad nos condiciona con sus valores y sus criterios, nos lleva a buscar de forma ansiosa el éxito, el placer y el consumo para encontrar sentido para la vida. Pero los criterios y los valores del Reino de Dios son totalmente distintos. Renunciar es andar dentro de la voluntad de Dios.