Confesión

Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo nos lo perdonará y nos limpiará de toda maldad 1 Juan 1.9

Uno de los principios teológicos más fundamental para la vida cristiana es el hecho de que Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad (1.5). Eso, por supuesto, tiene como una de sus implicaciones prácticas para la vida humana que Dios nos perdona. Siendo Dios luz en oposición a las tinieblas, su perdón se basa en su propia persona. Por su fidelidad a su propia obra de redención y por su justicia Dios mantiene eternamente su promesa de salvación y perdón.

En ese sentido, el perdón de los pecados es parte fundamental del ser de Dios y de su proyecto de vida para los seres humanos, puesto que el perdón surge de la justicia producida por Jesucristo cuando ocupó nuestro lugar en la cruz representándonos ante Dios.

Pero si por un lado Dios nos perdona porque el perdón es parte de su ser y de su obra, por otro lado somos llamados a reconocer y confesar nuestros pecados directamente a Dios. Confesar es lo mismo que homologar, o sea, somos convocados a firmar bajo la declaración de Dios acerca del status que asumimos ante él. Dice Dios que somos pecadores y que sin su gracia estamos totalmente perdidos: ¡confesamos que sí! Dice Dios que todo lo que hacemos, pensamos y decimos está en desacuerdo con su palabra y con los principios de su reino: ¡confesamos que sí!

Reconocer de corazón nuestra naturaleza pecaminosa y lo pecados que cometemos a diario es parte fundamental de la espiritualidad y de la vida cristiana. Por eso, es importante que, cada día, nos presentemos ante Dios y confesemos humildemente nuestros pecados. Así disfrutamos de su gracia perdonadora. ¡Confesemos nuestra vida al Señor!