La lucha contra las tentaciones

Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno Mateo 6.13

Llegamos a la tercera y última de las necesidades personales de los discípulos mencionadas en la oración del Padre Nuestro, tras el sustento material y el perdón de los pecados cometidos. Se trata ahora de pedir por protección presente y futura de las tentaciones para no caerse uno en los antiguos pecados.

Esta petición tiene una importancia especial para la vida cristiana por poner en evidencia el hecho de que los discípulos de Cristo tienen conciencia de su vulnerabilidad al pecado y de su dependencia de Dios. Como discípulos de Cristo, encontramos en él el perdón definitivo de nuestros pecados y eso nos abre la puerta para no conformarnos ni entregarnos a la práctica de los antiguos pecados que a diario nos asedian. En otras palabras, para los discípulos el perdón dado por Cristo es la garantía de que podemos vencer y de que venceremos las tentaciones.

En ese sentido, tenemos claro de que no somos tentados por Dios al pecar, pues como nos enseña Santiago 1.13-14 “nadie, al ser tentado, diga ´es Dios quien me tienta´. Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni tampoco tienta él a nadie. Todo lo contrario, cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos le arrastran y seducen”. La seguridad que tenemos de parte de Dios es que el sacrificio de Jesucristo ha sido lo suficientemente grande y eficaz como para perdonar toda nuestra vida de pecado. Eso, antes de que lo usemos como una justificativa para la manutención de las prácticas pecaminosas, nos sirve de fundamento para la confesión arrepentida y para resistir en oración contra las tentaciones. ¡En Cristo somos vencedores!