Glorifiquemos al Señor

Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén Mateo 6.13

La doxología final de la oración del Padre Nuestro posiblemente está basada en las palabras de la oración de David, cuando bendijo al Señor en presencia de toda la asamblea de su pueblo el día antes de la coronación de su hijo Salomón: “tuyos son, Señor, la grandeza y el poder, la gloria, la victoria y la majestad. Tuyo es todo cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tuyo también es el reino, y tú estás por encima de todo. De ti proceden la riqueza y el honor¸ tú lo gobiernas todo. En tus manos están la fuerza y el poder, y eres tú quien engrandece y fortalece a todos” (1Cr 29.11-12).

Cristo nos enseña con su oración que debemos reconocer la grandiosidad de la persona, de la obra y del poder de Dios sobre todos, especialmente sobre nosotros que le buscamos y servimos. Al concluir la oración del Señor con las palabras de esta doxología, reconocemos lo cuán pequeño somos ante Dios y lo cuanto necesitamos de su presencia y acción en todo nuestro ser.

Todo pertenece a Dios: el reino, el poder y la gloria eternamente. También nosotros le pertenecemos y nos sometemos a su voluntad por reconocer que es buena, perfecta y agradable. En verdad, por más que hagamos o que sepamos, no hay un genuino cristianismo si no reconocemos humilde y alegremente que al Señor le pertenece todos los poderes del universo. “Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan” (Sl 24.1). ¡Glorifiquemos siempre al Señor con nuestras vidas!