Confiar en la soberanía de Dios

Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis Mateo 6.7-8

Si, como hemos visto en los versos 5-6, la oración se fundamenta sobre la relación personal con Dios el Padre, por otro lado al orar demostramos confianza y dependencia de Dios (versos 7-8). Lo que está en juego cuando oramos no es nuestra elocuencia o capacidad de persuadir a Dios y convencerle de que nuestras necesidades o deseos personales merecen ser atendidos prontamente. Más bien, la oración es una forma de practicar, desarrollar y expresar nuestra confianza y dependencia de Dios.

Oramos porque sabemos que Dios está atento a nuestras necesidades antes de que nosotros mismos estemos conscientes de ellas. Pero, si así es, ¿por qué entonces oramos? Esta pregunta sólo hace sentido si tuviéramos que orar para convencer a Dios de atender a nuestros deseos personales. Pero como Cristo nos enseña que Dios dispone toda nuestra vida y nos conoce en profundidad, oramos entonces para expresar nuestra permanente confianza en la soberanía de Dios. En ese sentido, desatamos la oración de las amarras de nuestros sueños de consumo y, sobretodo, de nuestro deseo pecaminoso de controlar a Dios en beneficio propio. Así la oración vuelve a ocupar su lugar en la espiritualidad cristiana, como forma de expresar nuestro descanso en el Dios soberano.

Las palabras del apóstol Pedro nos ayuda a comprender un poco más esa dimensión de la oración cristiana, cuando dice: “echando toda vuestra ansiedad sobre él (Dios), porque él tiene cuidado de vosotros” (1Pe 5.7). Al orar, por tanto, le presentamos a Dios nuestras necesidades y peticiones, como nuestras preocupaciones y temores, como forma de reconocer y expresar nuestra confianza de que su voluntad soberana se cumple siempre en nuestras vidas y de que en todo dependemos de él.