Una fe que actúa

Por la fe Noé, advertido sobre cosas que aún no se veían, con temor reverente construyó un arca para salvar a su familia. Por esa fe condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe Hebreos 11.7

La fe que vemos en la vida de Noé sigue los mismos pasos de la ‘justicia’ de Abel y del ‘agradarse a Dios’ que vimos en Enoc. Pero, además, en Noé, sus realizaciones se atribuyen a la fe. Al ser advertido por Dios cuanto al diluvio reacciona con la fe; en otras palabras, la fe ha sido en su vida una respuesta positiva a la palabra de Dios, que lo hizo construir un arca de grandes dimensiones en plena tierra seca.

Es importante notar que la expresión “advertido sobre cosas que aún no se veían”, aunque se refiera al diluvio como un hecho restricto a la experiencia personal de Noé y de sus contemporáneos, nos remite directamente al verso 1: “la fe es la certeza de lo que no se ve”. En ese sentido, la fe responde a la necesidad intrínsecamente humana de creer y mantener una viva esperanza en la acción de Dios a su favor, aunque no sea posible ver, en un primer momento, los resultados finales de la acción bondadosa de Dios.

Esta fe y esperanza resultó en dos actitudes para Noé. La primera ha sido interior y personal: generó en su vida un “temor reverente”, fruto de su pronta aceptación de lo que Dios le había dicho. “Temor reverente” es un sentimiento que nos somete a la palabra de Dios y, a la vez, nos protege de vivir en desobediencia y disconformidad con su palabra santa. La segunda actitud ha sido práctica: se puso a construir un arca preparándose para cuando llegara el día del diluvio, aunque les pareciera una cosa de locos a sus vecinos. Un temor reverente crea en nosotros actitudes de piedad y santidad, y nos conduce a consecuentes actitudes éticas y prácticas que asumimos a lo largo de la vida.

Las consecuencias de una fe como la de Noé pueden ser dos. La primera es que su actitud de fe puso en relieve el pecado y la increencia de los demás, “por la fe condenó al mundo”. Y la segunda es que “llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe”, lo que nos recuerda las clásicas palabras del apóstol Pablo en Rm 1.17, citando al profeta Habacuc 2.4: “el justo vivirá por la fe”. La fe de Noé ha sido una fe salvadora, puesto que estaba depositada plenamente en la obra redentora de Cristo (que para él todavía vendría al mundo). Esa misma fe es la que recibimos nosotros de Dios por medio de Jesucristo: una fe que produce en nosotros el verdadero temor reverente de la salvación y actitudes éticas concretas derivadas de la palabra de Dios.