La inteligencia de la fe

Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo invisible no provino de lo que se ve Hebreos 11.3

Los que niegan la fe cristiana nos acusan de que aceptamos todo lo que nos dicen sin cuestionar nada. Sin embargo, la fe no supone una aceptación ciega de todo lo que nos digan; más bien, por la fe podemos entender y comprender todas las cosas, sean las más personales como las más universales. Algo parecido nos dijo Agustín de Hipona: “todo el que cree piensa; porque la fe, si lo que se cree no se piensa, es nula”.

En otras palabras, la fe se nos convierte en una forma de comprender la vida y todas las demás cosas. La fe en Jesucristo fundamenta y da sentido a la forma como entendemos, raciocinamos, decidimos y vivimos. En ese sentido, la fe tiene su propia inteligencia y racionalidad. Seguramente se trata de una inteligencia distinta de la que encontramos en una vida estructurada en el pecado y en la distancia de Dios. Por eso, nos decía Pablo que “el mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, en cambio, para los que se salva es el poder de Dios” (1Co 1.18). Por tanto, la fe en Jesucristo, en su obra y en su palabra es la plataforma desde donde recibimos nuevos parámetros y pasamos a comprender y a reevaluar a la vida, al mundo, a la familia, al trabajo y a nosotros mismos. Sobre la plataforma de la inteligencia de la fe pasamos a vivir, a buscar, a construir, a relacionarnos y a decidir.

Pero la inteligencia de la fe se activa en nosotros y de ella nos abastecemos siempre y cuando la asociamos al estudio y a la meditación constante en la palabra de Dios (la Biblia). La fe es inteligente, por eso leemos la Biblia y ya “no nos amoldamos al mundo actual, sino que somos transformados mediante la renovación de nuestra mente y podemos comprender cúal es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta” (Rm 12.2).