La fe que genera vida

Por la Abraham, a pesar de su avanzada edad y de que Sara misma era estéril, recibió fuerza para tener hijos, porque consideró fiel al que le había hecho la promesa. Así que de este solo hombre, ya en decadencia, nacieron descendientes numerosos como las estrellas del cielo e incontables como la arena a la orilla del mar Hebreos 11.11-12

El texto ahora relaciona la fe de Abraham, y por supuesto de Sara, con la formación de un pueblo que sería el guardián de las promesas salvadoras de Dios hasta que viniese el Mesías. Hay los que no creen que se deba mencionar a Sara como portadora de esa fe, puesto que aparentemente no ha creído cuando Dios les hizo la promesa (Gn 18.10-15). Sin embargo, el hecho de que Sara haya sido mencionada al lado de su marido, resulta en que el Nuevo Testamento considera que se haya arrepentido de su “risa de incredulidad” y que su fe en Dios y en su promesa se haya desarrollado y crecido. Por tanto, por la fe, hay espacio para el arrepentimiento, la confesión directamente a Dios y la renovación de una vida de fe activa.

Es importante notar, también, que siendo Abraham avanzado de edad y Sara estéril, por la fe, recibieron la fuerza necesaria para creer que iban a tener un hijo y de hecho lo tuvieron. Se trata de un dato fundamental para la formación del antiguo pueblo de Dios (Israel) y para su importante ministerio de preparación para la venida de Jesucristo, el Salvador de la humanidad. La comparación entre Abraham (un solo hombre) e sus numerosos descendientes (su número comparado a las estrellas y a los granos de arena) nos muestra que una vida abundante estaba por venir de una aparente muerte y esterilidad. ¡Y la fe jugó un importante papel en ese proceso!

Por la fe podemos creer en las promesas de Dios, aunque nos parezcan imposibles a los ojos humanos, y movernos de forma coherente a esas promesas. Sin la verdadera fe no podemos movernos ni caminar por las sendas de la palabra y de la voluntad de nuestro Dios. ¡Sigamos los pasos de fe de Abraham y de Sara!