Fe y resurrección

Hubo mujeres que por la resurrección recobraron a sus muertos. Otros, en cambio, fueron muertos a golpes, pues para alcanzar una mejor resurrección no aceptaron que los pusieran en libertad Hebreos 11.35

Seguimos con la lista de personas que ejercieron la fe en Dios en el periodo del Antiguo Testamento. Sin mencionar nombres directamente, el autor de Hebreos se refiere a dos grupos de personas en este verso.

El primer es el grupo de dos mujeres que recibieron con vida a sus hijos muertos por medio de la resurrección. Se trata de la viuda de Sarepta (1 Rs 17.7-24), una mujer de un pueblo que no creía en el Dios de la Biblia. La resurrección de su hijo se vincula a la fe del profeta Elías, puesto que solo al final reconoce ella la verdadera palabra del Señor. La otra madre que tuvo a su hijo resucitado fue la mujer de Sunén (2 Rs 4.8-37) que por su forma de actuar demostró una viva fe en Dios.

El segundo es el grupo de personas que han sido “muertos a golpes… que no aceptaron que los pusieran en libertad”, una referencia a Eleazar y sus hermanos, nobles de los días de los Macabeos, que voluntariamente aceptaron la muerte en lugar de traicionar su lealtad a Dios. La forma particular de tortura y muerte indicada por el texto griego fue estiramiento en el potro de tormento y apaleados hasta la muerte. En uno de los testimonios dejados por estos hermanos leemos: “es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitado de nuevo por él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida (2 Mb 7.9-14).

La “mejor resurrección” de estos quiere decir que murieron por su fe en Dios en la esperanza de la resurrección final a la vida eterna, mientras que la resurrección de los hijos de las dos mujeres fue otra vez a la vida mortal. La resurrección final para la vida eterna es una esperanza que vivimos hoy por la fe y, a la vez, una realidad que se concretará en el último día, porque Cristo ha resucitado primero abriéndonos el camino y garantizándonos nuestra resurrección para estar eternamente con Dios. “Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seriamos los más desdichados de todos los mortales. Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, como primicias de los que murieron” (1 Co 15.19-20).