Un ambiente de mutualidad

Hueso de mis huesos, carne de mi carne… los dos se funden en un solo ser Génesis 2.21-24

Como seres humanos no podemos vivir bajo compromisos solo con nosotros mismos, lo que significa que no nos ha creado Dios para la exclusiva búsqueda de la máxima felicidad personal. El compromiso con el otro, por tanto, ocupa un lugar de mucha importancia en nuestra vida personal y se convierte en uno de los pilares del matrimonio y de la familia.

Esa mutualidad que caracteriza el matrimonio le da sentido tanto a la familia como a la vida personal. El relato del Génesis nos cuenta como ha creado Dios la mujer y el por qué lo ha hecho de esa forma: fue creada de una costilla de Adán porque a él le faltaba la mutualidad con otro ser que le fuera igual y correspondiente en todo. Solo por ser "hueso de mis huesos y carne de mi carne" que ambos, hombre y mujer, se pueden fundir en un solo ser, compartiendo no solo la misma casa y la misma cama, sino que también los mismos sueños e ideales, las mismas fuerzas y ganas de vivir y de construir juntos.

Para que eso se pueda construir a diario en la familia es preciso que el ambiente de mutualidad exista de forma concreta y que reciba el constante mantenimiento compuesto por el amor mutuo, por el respeto mutuo y por los vínculos establecidos por los compromisos y por la fidelidad en todo. Eso nos conduce a la búsqueda mutua y permanente por la comprensión, aceptación, paciencia y perdón.

Así siendo, más que vernos como "parejas", tenemos que definirnos y comprendernos mutuamente como "hueso de mis huesos y carne de mi carne". La voluntad de Dios para el matrimonio es que los dos, hombre y mujer, se fundan en un solo ser; por eso, el matrimonio se tornó en una parábola de Cristo y la Iglesia (Efesios 5.30-32).