La familia de Dios

Por lo tanto, ya no sois extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios Efesios 2.19

No podemos terminar esta serie de meditaciones sobre la familia, sin mencionar que a la iglesia también se conoce en el Nuevo Testamento como "la familia de Dios". Y eso no se da sin un propósito específico. La comunidad cristiana, unida por la obra redentora realizada por Jesucristo y compuesta por personas que comparten una misma fe, asume características familiares.

En la familia de Dios no hay nadie que sea extraño o extranjero. Todos compartimos de la misma sangre, la sangre salvadora de Cristo, y todos nos responsabilizamos por el cuidado y por el crecimiento de los demás. Por eso nos llamamos "hermanos y hermanas", términos muy familiares, porque tenemos el mismo apellido, puesto que del Padre "recibe nombre toda la familia en el cielo y en la tierra" (Ef 3.15).

Así que somos todos conciudadanos de una patria superior y celestial, formada por todos los que han sido alcanzados y rescatados por la obra salvadora de Cristo (los santos) y somos miembros unos de otros por lo que "siempre que tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe" (Gl 6.10). La mutualidad entre los hermanos de la familia de Dios es, por tanto, una de las marcas que más anuncian al mundo el interés redentor de Jesucristo por los seres humanos y su obra en rescatarnos para sí.

Familia de Dios es en lo que Dios nos ha convertido definitivamente y es lo que, día tras día, perseguimos y crecemos con la ayuda constante de su gracia y poder hasta el último día, cuando llegaremos a vivirla de forma plena. Hoy seguimos luchando para construir esa familia de Dios en nuestros corazones, mentes y, en especial, en nuestras relaciones fraternas y diaconales con los hermanos y hermanas, sirviéndoles a todos con nuestros dones y talentos. ¡Vivamos la necesaria y bella experiencia de ser parte de la familia de Dios en el mundo!