Somos Hijos de Dios

¡Fijaos qué grande amor nos ha dado el Padre, que se nos llama hijos de Dios! ¡Y lo somos! El mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a él 1 Jn 3.1

El tema del amor de Dios por nosotros y en nuestras vidas es tratado por el apóstol en dos momentos. El primer es lo que pone en este versículo, donde se nos presenta la realidad del amor de Dios en nosotros hoy. La realidad presente es que el Padre nos ha dado de gran amor. Eso es un hecho definitivo: somos amados por el Padre a punto de considerarnos y llamarnos hijos suyo. "¡Y lo somos!" lo confirma el apóstol.

Ser hijos de Dios y tener a Dios como Padre, como fruto de su amor, es un hecho en el que debemos fijarnos. Así empieza el texto. Es importante que nos comprendamos, nos definamos y nos posicionemos socialmente como hijos de Dios, amados por él. Eso tiene un profundo sentido misionero y evangelizador, puesto que ahora pasa a definir nuestra vida, elecciones y comportamiento.

Asumir que somos hijos de Dios en la sociedad nunca ha sido algo fácil y todavía no lo es, puesto que "el mundo no nos conoce precisamente porque no lo conoció a él". Ser amado por Dios, aunque tenga una dimensión personal e interior muy importante, es una experiencia que se vive hacia fuera, hacia el mundo y a los demás. Pero, al igual, se trata de vivir el amor y la filiación a Dios en una sociedad que no comprende y no vive ese mismo amor. Por supuesto que eso implica en un estilo de vida que no será plenamente comprendido por nuestro mundo, pero a la vez es un estilo de vida que al mundo le necesita, como necesita conocer en profundidad y de forma transformadora el propio Padre y su amor.

El amor de Dios en nuestras vidas nos transforman en personas y comunidades que anuncian y viven ese amor y esa filiación de Dios. Ser amados por el Padre es uno de los fundamentos más importantes para el ejercicio de la evangelización en la sociedad. Seamos, así, hijos amados, hijos que aman y proclaman con sus palabras y sus vidas.