El Pecado y la Distancia de Dios

Todo el que comete pecado quebranta la ley; de hecho, el pecado es transgresión de la ley. 1 Jn 3.4

Si, por un lado, tenemos la firme esperanza de la purificación de los pecados porque estamos en Cristo, ahora el apóstol apunta para la realidad del pecado. No trata de describir las formas que el pecado asume en la vida humana, sino que busca definirlo en su esencia.

Según lo que vemos aquí en las Escrituras el pecado es la transgresión de la ley de Dios. Eso significa que el pecado es una realidad contraria a Dios y a la vida. La ley son los principios y valores que hemos recibido del Dios por su revelación. Por esta ley encontramos el camino de la vida y del acercamiento a Dios. Eso hace con que la ley de Dios sea completa para nosotros, por eso conocer y meditar en la ley o en la palabra de Dios es uno de los fundamentos más importantes del cristianismo.

Por eso, transgredir o romper con la ley de Dios es crear una distancia entre nosotros y Dios y, a la vez, compromete toda nuestra vida con un camino contrario a Dios y que nos conduce a todas las clases de muertes que el ser humano puede conocer y producir. El pecado o la transgresión de la ley se entienden, en resumen, como el hecho de no creer en la persona y en la obra de Cristo. Pero, de hecho, lo que pasa es que todos nosotros ya hemos nacido en pecado y en la increencia (Sl 51.5) y así la transgresión de la ley de Dios ya hace parte de nuestra propia naturaleza humana. Es muy importante, como cristianos, reconocer ese status de vida. Ese reconocimiento nos viene por obra del Espíritu Santo, que nos convence del pecado, del juicio y de la justicia (Jn 16.8-11).

Es muy importante tener claro que el pecado es la base para la muerte (Rm 6.23) y su reconocimiento es la puerta de entrada al arrepentimiento y la fe. Reconocer que somos pecadores, que pecamos a diario y confesarlo a Dios es el primer paso para la vida. Caminemos, entonces, día a día rumbo a Dios y su vida eterna.