El Dios perdonador

Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos lo perdonará y nos limpiará de toda maldad 1Jn 1.9

El principio teológico básico para la vida cristiana, con base en lo que los apóstoles han oído, visto, contemplado y tocado (1.1-4) es el hecho de que Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad (1.5). Hemos notado dos implicaciones para nuestra vida cristiana diaria: es imposible mantener comunión con Dios y vivir en la oscuridad (1.6-7) y el pecado es una realidad en la vida humana (1.8).

Ahora nos toca comentar la tercera implicación de ser Dios la luz: él nos perdona (1.9). El perdón de Dios se basa en su propia persona como el Dios que es luz, él es fiel y justo y mantiene eternamente su promesa y salvación concretadas en Jesucristo. Es plenamente fiel a su obra de redención, por eso nos puede perdonar los pecados. De esa forma, aprendemos que el perdón de los pecados es parte fundamental del mismo ser de Dios y de su proyecto de salvación. Pero también aprendemos que Dios es justo al perdonarnos, puesto que su perdón es parte de la justicia hecha en la cruz en sustitución a nosotros mismos.

Así, de una parte Dios nos perdona porque el perdón es parte de su fidelidad y justicia hacia si mismo y su obra. De otra parte, a nosotros nos toca la confesión de nuestros pecados a Dios. Confesar es homologar, o sea, es firmar abajo de lo que Dios dice de nosotros. Dice que somos pecadores y que estamos perdidos sin la gracia de Cristo; confesamos que sí. Dice que las cosas que hacemos, pensamos y decimos están en desacuerdo con su Palabra; confesamos que sí. Reconocer de corazón nuestra naturaleza pecaminosa y los pecados que cometemos al diario es parte fundamental de la espiritualidad cristiana. Es importante que todos los días nos pongamos ante Dios para confesar nuestros pecados y disfrutar de su gracia perdonadora.

¡Que Dios nos bendiga a todos!