Destino Eterno: Muerte o Vida

El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre 1 Jn 2.17

El versículo 15 nos presenta a todos los cristianos un enunciado teológico fundamental para la vida de fe: no amar al mundo ni a sus cosas. Ante esa afirmación el apóstol enumera unas consecuencias de uno amar al mundo y a si mismo más que amar a Dios. La primera que hemos visto es que amar al mundo implica en no tener en si mismo el amor del Padre (2.15b). La segunda es que todas las formas de pecado que hay en el mundo no proceden del Padre (2.16). Ahora, en el verso 17, vemos el contraste entre el "acabar" y "permanecer para siempre".

El apóstol Juan es muy claro en mostrar que el mundo, sus malos deseos y los que lo aman tienen su fin garantizado: se acabarán. En otras palabras, el pecado humano que nos aleja y mantiene alejados de Dios cobra un final siniestro al ser humano. Pablo ya decía lo mismo: "porque la paga del pecado es la muerte" (Rm 6.23a). Eso significa que las consecuencias de uno vivir bajo la esclavitud del pecado y del mal es la manutención, desde ahora, de la muerte eterna.

Por otro lado, la consecuencia segura de uno vivir bajo el amor y la gracia de Dios, haciendo su voluntad en todas las dimensiones de nuestra vida es igualmente clara: permanecer para siempre. Esa es una forma de referirse a la vida eterna que, desde ahora, la desfrutamos puesto que por su gracia Dios nos hace participantes de todos los beneficios de la salvación.

Debemos entender que "permanecer para siempre" (la vida eterna) no es algo que lo esperamos para un futuro lejano pos-muerte, aún que cuando esto nos llegue así será. Antes, la vida eterna es vivir desde este mismo momento bajo la influencia transformadora de los beneficios del sacrificio de Jesús. Por medio del obrar del Espíritu Santo ya recibimos la gracia, el perdón y paso a paso los valores ético del Reino de Dios, según vayamos creciendo y aprendiendo en las Escrituras Sagradas.

Si la consecuencia y la paga de amar al mundo y a nosotros mismos más que a Dios es la muerte eterna, "la dádiva de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro señor" (Rm 6.23b). Ante eso es muy importante pensar sobre el curso de nuestra vida y sobre los compromisos que hacemos y mantenemos con Dios y con el mundo. Tenemos la oportunidad, ahora, de confesar a Dios nuestro amor al mundo, reconciliarnos con él y renovar nuestro compromiso de fe hecho con el Padre.