Amar a Dios o al Mundo

Si alguien ama al mundo, no tiene el amor del Padre 1 Jn 2.15b

En el inicio del verso 15, como ya lo hemos visto, encontramos un importante enunciado teológico para todos los cristianos en todas las épocas de sus vidas: no amar al mundo ni a sus cosas. Ante esa afirmación apostólica, debemos preguntarnos sobre las consecuencias de uno amar al mundo y no amar a Dios o, lo que suele pasar con frecuencia, amar al mundo y a si mismo más que amar a Dios.

El apóstol nos presenta tres graves consecuencias que nos alcanzan cuando el amor al mundo (pecado) es el referencial más fuerte de nuestras vidas. Veremos las tres consecuencias paso a paso. La primera es lo que pone el apóstol Juan en la PARTE final del verso 15: amar al mundo implica en no tener en si mismo el amor del Padre.

Lo más común es que uno crea que es posible compartir el amor ENTRE Dios y el mundo, pues para la mayoría de nosotros amar es una cuestión de sentimiento y del momento que uno vive. Sin embargo, amar es más bien una cuestión de estrechos lazos de compromiso aún que el sentimiento también ESTÉ presente. No hay como dividir el amor entre Dios y el pecado. O amamos a uno o al otro, o nos comprometemos con todo nuestro ser con uno o con el otro.

Al no tener el amor del Padre, el pecado con todas sus manifestaciones personales, familiares, sociales, culturales, económicas, etc asume el CONTROL de nuestras vidas y pasamos a pertenecer a su sistema, sin que hallemos en nosotros mismos fuerzas suficientes para liberarnos de sus garras. Solo en Dios, por medio de la gracia infinita de Jesucristo, es posible reverter nuestra vida. Ha sido para eso que Cristo vino, murió y resucitó. En la dependencia de Cristo y su gracia podemos vencer el pecado y el mundo, puesto que él ya lo ha vencido en nuestro lugar. Amar y comprometernos con el Padre, y no con el mundo, es el proyecto de vida que Dios nos propone. ¡Abracémosle!