Pertenecemos a Cristo

Los que son de Cristo Jesús han crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos Gálatas 5.24

Este verso mantiene una profunda vinculación con el anterior en el sentido de que nuestra pertenencia a Cristo es algo que no puede ser revocado por la ley del pecado ni por la ley que los judíos cristianos querían imponer sobre los gentiles cristianos de cumplir con los preceptos judaicos antes de aceptar a Cristo. Ninguna ley humana, por tanto, tiene el poder de separarnos de Cristo.

Nuestra pertenencia a Cristo y, por tanto, nuestra salvación eterna tiene como señal que la confirma e identifica el hecho de que nuestra naturaleza humana (pecaminosa) ha sido definitivamente crucificada. Esa "crucifixión" fue un hecho ya consumado por Cristo: fuimos rescatados de nuestro estado de vida culposamente alejado de Dios por la obra redentora de Cristo y eso es irreversible. Nuestro estado de pecado ya fue crucificado, ahora somos libres para vivir la vida con Dios.

Pero el apóstol también menciona que esa crucifixión de la naturaleza humana pecaminosa incluye "sus pasiones y deseos". Es obvio, por el contexto, que "sus pasiones y deseos" son dos palabras usadas por Pablo para referirse a la lista de las obras de la carne mencionada en los versos anteriores. Los pecados que nos asedian, puesto que todavía seguimos llevando esa naturaliza pecaminosa dentro, aunque ya definitivamente crucificada, pueden ser sometidos a diario por la presencia santificadora del Espíritu Santo y su fruto implantado en nosotros.

Esas palabras, por tanto, nos dan esperanza de que, día a día, podemos vencer las tentaciones y los pecados. Son palabras que, por seguir el fruto de la obra del Espíritu en nosotros, nos dan el ánimo necesario para mantenernos alertas y combatientes contra el pecado en nuestro ser. Perteneciendo a Cristo por haber sido alcanzados por su gracia redentora nada más tememos en cuanto a las consecuencias eternas del pecado y por eso podemos y necesitamos dedicarnos entera y comprometidamente con el fruto del Espíritu Santo en nuestra vida. Así, pertenecer a Cristo y tener nuestra naturaleza pecaminosa definitivamente muerta por su obra son los elementos necesarios para que podamos nos redefinir como personas cada día y asumir un renovado compromiso con Dios y su obra.