Las obras y el fruto

Las obras de la naturaleza pecaminosa… En cambio, el fruto del Espíritu es... Gálatas 5.19, 22

Otro elemento que salta a la vista en el texto es el plural cuando se refiere al pecado humano (las obras de la naturaleza pecaminosa) y el singular cuando se menciona la acción de Dios (el fruto del Espíritu). Un contraste muy interesante cuando se trata de entender tanto la extensión del pecado, como la eficacia de la obra redentora de Dios en nuestro ser.

Las obras de la naturaleza pecaminosa son los distintos productos que manifiestan lo que interiormente somos como seres humanos. Si por un lado nuestra naturaleza es secreta o invisible, su pecaminosidad se torna pública y evidente por sus productos u obras. El apóstol menciona un grupo variado y extenso de obras que producimos y que manifiestan quienes realmente somos, sobretodo que manifiestan nuestra posición ante Dios y nuestra necesidad de una intervención redentora por parte de Dios.

Por otro lado, el fruto del Espíritu contrasta con las obras humanas removiendo el énfasis que esta pone al esfuerzo humano e indicándonos que la acción redentora de Dios, por medio de su Espíritu, se expresa por medio de un solo fruto. Este lenguaje nos lleva a ver que para Pablo la lista del fruto del Espírito demuestra los varios aspectos de la única cosecha.

Así siendo, manifestamos públicamente nuestra naturaleza pecaminosa produciendo toda clase de obras comprometidas con nuestro status de vida contrario a Dios. Con la lista de las obras, Pablo se preocupa con el aspecto cualitativo, o sea no escribe una lista completa de nuestros pecados, sino más bien pone énfasis en que el pecado humano es intenso y profundo en nosotros, al punto de alejarnos culposa y completamente de Dios. Por eso, el fruto del Espíritu nos lleva a ver la obra redentora, única y eternamente eficaz, realizada por Dios y aplicada en la vida de los que creen. El fruto es único, pero contiene virtudes que transforman la vida humana por la gracia de Dios, es el fruto o resultado de la obra redentora de Cristo aplicada en nuestro ser.

En la lucha de la carne contra el Espíritu, aunque parezca que prevalecen las obras de nuestra naturaleza pecaminosa cuando lo vemos con los ojos humanos, la victoria de Cristo está ya definitivamente garantizada y el fruto de su redención va creciendo día a día, transformándonos a su semejanza. Esto no es una esperanza que tenemos, sino que la obra concreta del Espíritu en nosotros a diario