La vida en el Espíritu

Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu Gálatas 5.25

Llegamos ahora a la parte final del discurso apostólico sobre el "fruto del Espíritu Santo" versus "las obras de la naturaleza humana pecaminosa". En su conclusión, Pablo nos recuerda lo que ya nos había dicho al principio, de que debemos "vivir por el Espíritu" (5.16) y ahora nos lo confirma de forma un poco más amplia.

En primer lugar observamos la centralidad de la persona y obra del Espíritu Santo en nuestra vida como cristianos: el Espíritu es el que nos da la vida y nos guía por los caminos de Dios. De esa manera, concluimos que el Espíritu actúa eficazmente en nuestras mentes y corazones aplicándonos los principios de las Escrituras Sagradas que expresan soberanamente la voluntad de Dios. Sin la obra y la presencia personal del Espíritu Santo con nosotros, ciertamente no podríamos jamás vivir bajo su fruto de amor, expresión clara de la obra redentora de Jesucristo. En ese sentido, "el Espíritu nos da la vida", aplicándonos los bendecidos efectos de la redención.

Pero hay que observar, también, en el texto que como consecuencia de la vida eterna aplicada desde ahora por el Espíritu Santo en nuestra vidas, somos tanto guiados por el Espíritu, como andamos por el Espíritu. Dos verbos que se complementan y completan la idea de la vida que nos da el Espíritu.

Hay una importante distinción entre ambos verbos. "Ser guiados" es un verbo que en el original del texto ocurre en pasivo, mientras que "andemos" en activo. Eso claramente significa que el Espíritu Santo es quien nos guía, pero nosotros somos los que andamos. El Espíritu Santo es nuestro líder, el que nos conduce y mueve nuestras vidas conforme a la voluntad de Dios, afirma sus principios eternos en todas las dimensiones de nuestro ser en contra la natural tendencia humana para el pecado. En consonancia a su guía, nosotros nos proponemos a caminar firmes bajo su orientación y su fruto, tenemos la responsabilidad de caminar a diario, de forma activa y determinada, por los caminos revelados en la palabra de Dios. En ese sentido, el Espíritu Santo es la propia senda por la que caminamos.

La conclusión que nos da el apóstol Pablo en cuanto al fruto del Espíritu que vence las obras de nuestra naturaleza pecaminosa es que nuestras vidas siguen a pasos firmes por el camino de la redención en Cristo, ciertos del futuro eterno que nos aguarda y, por eso mismo, firmes contra los acosos del pecado que todavía marca nuestro ser. La victoria de Cristo por nosotros está garantizada y sellada en nuestros corazones por la obra eficaz plenamente realizada por el Espíritu Santo. ¡Sigamos, por tanto, el fruto eterno que nos da Cristo por su Espíritu!