La suficiencia del Espíritu Santo

No hay ley que condene estas cosas Gálatas 5.23

Esta afirmación del apóstol tiene relación directa con cada elemento del fruto del Espíritu Santo y con la inevitable interdependencia que hay entre ellos en la formación de un único fruto producido por la obra del Espíritu en nuestras vidas. Para extender aun más su profundidad en la vida de los cristianos, el apóstol nos dice que no hay ninguna ley que pueda condenar o estar por encima de la actuación santificadora del Espíritu Santo en nuestras vidas al aplicarnos cada día su fruto de redención a nuestras vidas.

No es refiere Pablo a alguna ley constituida por los hombres y sus gobiernos; más bien, se refiere a la tendencia que había llegado a los hermanos de las iglesias en Galacia por parte de judíos convertidos al cristianismo que insistían en que los gentiles deberían cumplir con la ley del Antiguo Testamento, tal como la comprendían los judíos, para entonces se hacer cristianos. En otras palabras, estos "judaizantes" (como se los conocen hoy) querían que los gentiles se convirtiesen al judaísmo, cumplieran con todos los rituales y leyes judaicas, para así llegar a Cristo. Creían que ningún gentil podría llegar a Cristo sin antes pasar por el judaísmo, querían así "judaizar" a los gentiles.

Incluso, gran parte de esta carta a los gálatas (también la 2 Corintios) fue escrita por Pablo con el propósito de defender su apostolado de las severas acusaciones que le hacían los judaizantes cuanto a su enseñanza de que los gentiles pueden llegar libremente a Cristo sin mantener ningún compromiso o contacto que sea con el judaísmo: ¡Cristo para todos!

En ese caso, estas palabras de Pablo tienen como objetivo firmar en nuestros corazones la doctrina cristiana de que es absolutamente imposible que alguien pueda cumplir, por sus propios méritos humanos, de forma perfecta en cada momento de su existencia, cada elemento del fruto del Espíritu para producir en sí mismo su propia salvación eterna. Dicho de otra forma: no hay ninguna ley, ningún sistema religioso, ni ningún esfuerzo humano capaz de anular y condenar la obra redentora y eterna de Dios, por medio del sacrificio de Cristo y aplicada a nosotros por el Espíritu Santo.

Solo hay, por tanto, una forma de llegar a la salvación: que nos la sea gratuitamente generada y donada por Dios. La obra humana (cumplir una ley, esfuerzos, penitencias, caridad, etc) es insuficiente para anular la obra de Dios. Confiamos, nos entregamos y nos encomendamos enteramente a Cristo que por medio de su Espíritu nos confirma y sella con los elementos de su fruto de redención.