La religiosidad

...idolatría y brujería Gálatas 5.20

El segundo grupo de obras de nuestra naturaleza pecaminosa tiene que ver con los pecados relacionados con la religión. Parece un poco extraño para los días de hoy considerar que hayan pecados relacionados con la religión, puesto que vivimos días en que a la religión se le considera neutral y de carácter expresamente personal. Sin embargo, en la lista de Pablo, viene luego después de los pecados morales. Eso se explica por el hecho de que en sus días la inmoralidad sexual estaba estrechamente relacionada con los cultos paganos, cono parte de la expresión religiosa.

Las dos palabras mencionadas, "idolatría" y "brujería", por su lado, ya tienen en sí mismas significados que nos hacen pensar sobre nuestros pecados religiosos. "Idolatría" se refiere a las actitudes humanas de adorar a dioses que se supone sustituyen al verdadero Dios. "Brujería" tiene que ver con prácticas religiosas que buscan un contacto con el sagrado por medios mágicos. El uso de las dos palabras por Pablo nos sugiere, por tanto, dos preguntas a uno mismos:

¿A qué clases de dioses ponemos en lugar del verdadero Dios en nuestras vidas? La idolatría no se resume a la veneración de santos u otras entidades consideradas divinas, sino que también la vemos a diario en nuestras vidas cuando ponemos en primer lugar en nuestra vida a cosas, personas o situaciones. Por ejemplo, para muchos el trabajo o incluso la familia viene antes que Dios y asume un lugar divino en la forma como vivimos, comprendemos la vida y asumimos compromisos. Se trata del pecado de destituir a Dios del centro de todo nuestro ser.

¿Qué prácticas mágicas usamos, como si fueran genuinamente cristianas, para acercarnos más a Dios o para obtener bendiciones que nos interesan? Incluso entre los cristianos evangélicos existe la tendencia de buscar a Dios de forma mágica y sobrenatural. De la misma manera echamos mano de prácticas cristianas comunes dándoles un sentido mágico para conseguir ciertos beneficios y bendiciones de Dios. Por ejemplo, una oración más poderosa hecha por una persona especial o, incluso, un versículo bíblico que salta a la vista y curiosamente encaja a la perfección con lo que deseamos. Se trata del pecado de intentar poner algo de nosotros, modificando un poco las prácticas cristiana comunes, como para convencer a Dios de que lo merecemos o aun de comprar de Dios ese merecimiento.

Los pecados religiosos no se confinan al mundo pagano; más bien, lo vemos a diario también entre nosotros y en uno mismo. Necesitamos confesarlos al igual que todos los demás pecados y buscar una vida cristiana centrada en la palabra y en la comunión con Dios.