Humildad

Humildad Gálatas 5.23

Al considerar la humildad como uno de los componentes del fruto del Espíritu Santo la tenemos que entender desde el prisma de la obra de Cristo que nos transforma redentoramente. En ese sentido, la humildad asume un lugar muy importante en nuestra relación con Dios, puesto que él nos lleva a reconocer la grandeza de su obra y a rendirnos ante su maravillosa gracia. Humildad es reconocer y saber conscientemente quiénes de hecho somos ante Dios y como debemos portarnos y vivir en consecuencia directa de ello.

Por tanto, toda nuestra vida, en sus más variadas dimensiones, se prostra ante el Señor en consagración y servicio efectivo. Asumimos compromisos claros (¡a veces no muy populares!) en cuanto a nuestro comportamiento y de servicio a las demás personas (a veces en detrimento de uno mismo) porque nos reconocemos sumisos a Cristo. Servimos a las personas a consecuencia de nuestra actitud, recibida de Cristo, de humildad ante Dios.

Pero esa humildad recibida de Cristo como uno de los elemento del fruto del Espíritu Santo manifiesta nuestro compromiso de fe por la forma como consideramos los demás hermanos: "no hagáis nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad, considerar a los demás como superiores a vosotros mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás. Vuestra actitud debe ser como la de Cristo Jesús…" (Fp 2.3-5). La humildad ante Dios se manifiesta concretamente, no por sentimientos manifestados en los momentos de adoración comunitaria, ni por las dulces palabras con un sentido oculto de autopromoción espiritual; más bien, por llevarnos a velar y cuidar de nuestros hermanos como un servicio alegre que le prestamos a Cristo.

"Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia" (Mt 5.5). La consecuencia final de la humildad está clara en estas palabras de Cristo: los que de hecho se reconocen deudores de la gracia salvadora de Cristo heredarán la eternidad.