El espíritu por la raza humana pecaminosa

Porque ésta desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu desea lo que es contrario a ella. Los dos se oponen entre sí, de modo que no podéis hacer lo que quisierais. Gálatas 5.17

Si cuando vivimos por el Espíritu ya no seguimos ni satisfacemos los deseos de nuestra propia naturaleza pecaminosa y alejada de Dios (5.16), entonces la conclusión del verso 17 cobra su verdadero sentido: El Espíritu Santo y el espíritu humano pecaminoso son contrarios entre sí. Es interesante el uso que hace Pablo de palabras que definen la diferencia entre los dos:

1. La naturaleza humana pecaminosa y el Espíritu Santo desean cosas contrarias: si por un lado la naturaleza humana comprometida con su pecado (o sea, ¡nosotros mismos!) desea lo que satisface la estructura de vida humana organizada contra Dios; por otro lado, el Espíritu Santo desea que vivamos en conformidad con los principios de la palabra y del reino de Dios. Ambos desean cosas contrarias: nosotros, como seres humanos pecadores, deseamos lo que nos mantiene alejados de Dios; el Espíritu desea darnos elementos que nos acercan más a Dios. Por eso, el tema de la voluntad humana X la voluntad de Dios está siempre presente en la vida de los cristianos, como un elemento fundamental de nuestra propia espiritualidad cristiana.

2. La naturaleza humana pecaminosa y el Espíritu Santo se oponen entre sí: la diferencia entre los dos no se da solo en el ámbito de la voluntad; más bien, se da en forma de clara oposición. Ambos, nosotros y el Espíritu Santo, que deseamos cosas distintas para nosotros, también nos oponemos y luchamos para que ésta voluntad (la nuestra de pecado o la del Espíritu) prevalezca.

Lo bueno e importante es saber que, como cristianos alcanzados por la gracia de Cristo, aunque todavía sigamos oponiéndonos a la voluntad de Dios en muchas cosas puesto que seguimos con nuestra naturaleza pecaminosa, la victoria de esa batalla le pertenece a Dios. Dios se ha entregado, en Cristo, por nuestros pecados y nos garantiza que a lo largo de nuestra vida creceremos e iremos superando, paso a paso, nuestro deseo de seguir pecando. Recibimos de Cristo algunas condiciones que nos da la victoria, como la confesión arrepentida y la fe en Cristo y en su palabra. Aun que nos parezca una lucha en la que el pecado siempre va ganando, la obra de Cristo es definitiva e irreversible, es eterna y plenamente eficaz para nuestra salvación. El Espíritu de Dios y la naturaleza humana pecaminosa se oponen entre sí, pero la victoria la tiene el Espíritu de Dios llevándonos siempre por el camino del perdón y de la salvación.