Conocemos las obras del pecado

Las obras de la naturaleza pecaminosa se conocen bien... Gálatas 6.19

En el conflicto ente vivir por el Espíritu de Dios o seguir los deseos de la "carne" (naturaleza pecaminosa) el apóstol no se hace ilusiones: las obras de la naturaleza pecaminosa no nos están ocultas. Las conocemos a la perfección, puesto que nos conocemos muy bien a nosotros mismos, aunque con insistencia intentamos justificarnos ante uno mismos. El hecho de que conocemos bien las obras pecaminosas que configuran nuestra naturaleza humana es muy importante.

En primer lugar, es importante porque reconocer quienes somos ante Dios es un paso fundamental para comprenderse la profundidad, el coste y la eficacia de la obra salvadora de Cristo. Si todavía encontramos en nosotros mismos algo que consideramos como de valor espiritual es que aun no hemos comprendido la gravedad de nuestra situación como pecadores ante Dios y sus consecuencias eternas. Pero si reconocemos profundamente nuestro ser como pecador y fallido ante Dios, ahí entonces es cuando la gracia especial e salvadora de Cristo actúa en nosotros, liberándonos de inmediato de las consecuencias eternas del pecado y liberándonos día tras día del poder y de la influencia del pecado en nuestras vidas.

En segundo lugar, es importante porque asumimos de hecho quiénes somos y no echamos la culpa del pecado o de las tentaciones a Satanás, a la sociedad, a los padres, etc. La culpabilidad por el pecado y por sus consecuencias presentes y eternas son nuestras. No venceremos jamás a la fuerza de la naturaleza pecaminosa que llevamos dentro intentando justificar nuestra culpa. En ese sentido, el concepto de "confesión" nos ayuda un poco. Confesar es homologar, o sea, firmar bajo la sentencia dictada por Dios acerca de nuestro estado de pecado ante él. Confesar es aceptar que lo que dice Dios acerca de nosotros es plenamente cierto.

Antes de empezar a mencionar el sentido de cada una de las obras de la naturaleza pecaminosa es importante tener claro que se trata de un pecado nuestro, que lo conocemos muy bien y reconocer que necesitamos de la acción graciosa de Cristo, por su Espíritu Santo, para ser alcanzados por el perdón y por la salvación.